diumenge, 22 de juliol de 2012

El desastre d'Annual



El 22 de juliol de 1921 es va produir el Desastre d’Annual. La Primera Guerra Mundial havia marcat un parèntesi de la qüestió africana, però el 1919 França reinicia l’ocupació del protectorat amb l’amenaça d’ocupar la zona espanyola. Espanya reacciona enviant tropes. En el Marroc sorgirà un moviment nacionalista revolucionari contrari als colonitzadors.

El General Berenguer comença l’ocupació del territori, front unes tribus cada vegada més bel·ligerants i amb un exèrcit mal equipat en un terreny abrupte. L’exèrcit espanyol estava format per soldats regulars (tropes indígenes), soldats de reemplaçament i membres de la Legió (fundada per Millan Astray,  Sanjurjo i Franco).

En l’estiu de 1921 el General  Silvestre, home impulsiu i amic personal del rei, encarregat del sector oriental del Marroc, organitza una acció mal planificada des de Melilla que permetrà al líder guerriller, Abd-el Krim, atacar el 22 de juliol la posició espanyola en Annual amb el resultat de més de 14.000 morts.


Conseqüències d'Annual


Annual va ser un cop molt dur per a l'exèrcit i el govern. Amb la impopularitat de la guerra marroquina, vista per l'opinió pública com una sangria inútil i caríssima, reclamava la responsabilitat de la derrota. El General Picasso serà l'encarregat d'elaborar un expedient governatiu que aclarís les responsabilitats d'Annual. Aquest militar trobarà moltes dificultats durant la investigació per provar la negligència per part de Berenguer, el govern i el propi rei. El PSOE i els republicans es beneficiaran de les crítiques. Indalecio Prieto va aconseguir gran renom amb els seus dicursos a les Corts el 1922. 


Annual va provocar dos moviments oposats: per una banda, l'exèrcit, que exigia un canvi en el timó polític, un augment dels pressupostos militars per poder respondre i venjar la humiliació. Per una altra banda, l'opinió pública, amb una posició d'indignació i d'oposició a la guerra reclamant responsabilitats. La negativa del govern d'augmentar les despeses militars provocaran que els militars africanisters recolzin el cop d'Estat de Miguel Primo de Rivera. 





Adolfo Bueso, un anarquista contemporani als fets va recollir en les seves memòries les seves impressions sobre els fets, ben allunyades de la visió oficial del Desastre:

 (...) Empleado en la Comandancia estaba entonces Abd el-Krim, moro notable de la cabila de Alhucemas, hombre que había estudiado en Madrid la carrera de Derecho con muy buenas notas y que se había hecho la ilusión de la posible convivencia entre moros y españoles. Hasta él llegaron, naturalmente, las quejas de sus compatriotas a causa de los atropellos de los oficiales españoles. Para ver de poner remedio se presentó al general Silvestre reclamando que impusiera prudencia a sus subordinados. Nunca lo hubiera hecho. El general le contestó groseramente, le insultó, y como el moro protestara, acabó abofeteándole. Abd el-Krim enarboló su bastón, pero no pudo apalearle porque se le echaron encima unos oficiales, que le expulsaron de la habitación a patadas.

Así empezó la catástrofe.


Abd el-Krim no volvió a la Comandancia. Se retiró a su aduar, cerca de Alhucemas, y se dedicó pacientemente a recorrer el Rif. Estudió detenidamente el sistema de posiciones de las tropas de ocupación, dándose cuenta de lo vulnerables que serían en caso de ataque, La mayoría de estas posiciones eran destacamentos de unos cien hombres, encerrados en un cuadrilátero, un parapeto de piedra y una alambrada de espino, pero sin comunicación directa con las otras posiciones. Había también otras posiciones de más importancia, como Ras Medua, Monte Arruuit, El Zaio y Annual, pero el aislamiento era el mismo. Por la noche, cuando se cerraban las alambradas, quedaban perfectamente libres los caminos y barrancos. Además, casi en ninguna de estas posiciones había agua potable, que era preciso ir a buscar, a veces a varios kilómetros, y transportarla a lomo de mulos.

Abd el-Krim sabía bien qué ocurría en tales posiciones. La mayoría de la oficialidad solía estar en Melilla y los que quedaban se pasaban la noche bebiendo y jugando. Como es natural, el ejemplo era seguido por sargentos, cabos y soldados.
Con estos conocimientos preparó una sublevación. No como las habidas en 1909 o 1911, es decir, "para hacer un poquito de guerra", como decían los rifeños, sino dispuesto a dar un serio disgusto a los generales. Él y sus emisarios prepararon las cosas a lo largo del límite de la ocupación en aquella zona, es decir, bordeando el rio Ker, desde Alhucemas hasta el curso del río Mulaya, fronterizo con Argelia. Esta táctica tenía por objeto alejar el grueso de las tropas españolas lo más posible de la costa y de los centros de avituallamiento.
Y empezaron los ataques aislados a posiciones de avanzada. Sin apretar mucho, pero casi continuos. El mando en Melilla no se alarmó. El alto comisario, residente en Tetuán, preguntó a Silvestre sobre la gravedad de los ataques. El general contestó que no era cosa de importancia, y que si los ataques seguían efectuaría una expedición punitiva que acabaría con los díscolos en pocos días. El alto comisario le aconsejó mucha prudencia, pues el ambiente político era malo en España y una campaña militar sería mal vista, Silvestre no contestó al alto comisario y se puso en relación directa con el rey. El soberano, por su parte, nada indicó a sus ministros.

Como las agresiones seguían, y cada vez, más frecuencia, Silvestre remitió un telegrama cifrado al rey, pidiendo permiso para atacar a los rifeños. El rey contestó: "De frente, marchen los valientes. ¡Viva España!

Silvestre sabía que Abd el-Krim andaba por su cabila, ya sublevada, y quiso acabar con él. Para ello organizó a toda prisa una columna con una división de infantería, tres baterías de artillería ligera y un escuadrón de caballería, como exploradores.
La columna se puso en marcha de madrugada con el buen mejor humor. El general iba a la cabeza, montando un caballo blanco. Los soldados no sabían, naturalmente, adónde iban ni a qué. Avanzaron todo el día sin encontrar resistencia. Se cañoneaban los aduares antes de llegar a los mismos, pero no se veía un solo moro por parte alguna. Esta anormalidad no preocupó al mando. Llegaron cerca de los poblados de la cabila de Alhucemas al anochecer. Se dio orden de acampar en unos montículos, no sin antes haber lanzado un centenar de obuses a los aduares cercanos.
Las tropas se dispusieron dormir bajo las estrellas, sin tiendas ni impedimenta, los macutos vacíos y cien balas en las cartucheras. Todo parecía un paseo militar...
Pero a la una de la noche, como un alud, se precipitaron sobre la columna centenares de moros armados de fusiles o gumías en mano. Lo hicieron según su costumbre favorita: dando grandes gritos guturales, que impresionaban enormemente a los pobres soldados, despertados tan bruscamente.
El desconcierto fue general. Nadie sabía qué hacer. Los moros estaban por todas partes, disparando a quemarropa o hundiendo sus gumías en las gargantas que encontraban a su paso. Nunca se ha publicado el número de bajas de aquella noche horrible. Debieron ser millares. Los que pudieron escapar a la masacre no pararon hasta Melilla, donde dieron la alarma. El general Silvestre desapareció y nunca más se supo cuál fue su suerte.
Grandes hogueras aparecieron en los picos de las montañas. Era la señal convenida. Las posiciones de avanzada fueron atacadas y tomadas una tras otra. (...).

El derrumbamiento de la Comandancia de Melilla fue completo. En pocos días los moros ocuparon toda la zona, llegando hasta muy cerca de Melilla. Si no entraron en la plaza fue, sin duda, porque Abd el-Krim tuvo miedo de la conducta de los moros respecto a la población civil. El éxito de la campaña le había endiosado y ya publicaba partes de guerra encabezados así:" Cuartel General de la República del Rif".
En Madrid todo el mundo andaba de cabeza. Se mandaron tropas a Melilla desde Málaga y Almería, las plazas más cercanas. Pero el desembarco era difícil y en seguida se vio que la desorganizacion mas tremenda reinaba en el ejército.




Mientras los sitiados (...) se preparaban a rendirse, porque no les llegaban alimentos y refuerzos. Los moros llegaron a cortarles el agua. Fue el fin. Se pactó la rendición. Tampoco nunca se ha sabido en qué condiciones. Los jefes y oficiales, con el general Navarro a la cabeza, fueron hechos prisioneros, pero la mayoría de los soldados fueron asesinados y sus cadáveres quedaron pudriéndose al sol durante muchas semanas.
Para salvar las vidas, ya que no el honor, de los generales y oficiales, se entablaron negociaciones por intermedio de Francia a fin de rescatar los prisioneros, efectuando un intercambio. Pero Abd el-Krim exigió además ocho millones de pesetas, que le fueron entregadas. Por entonces se aseguró que Alfonso XIII, al enterarse del precio del rescate, comentó:" Qué cara cuesta la carne de gallina". También se dijo que todos los prisioneros habían sido violados por los moros.
Con todo el material de guerra tomado a las tropas españolas y los ocho millones del rescate, Abd el-Krim organizó un verdadero ejército que tuvo en jaque a España durante años. No se le pudo vencer más que con la ayuda de Francia, la cual intervino para que la rebelión tomase cuerpo en Argelia y en el resto de Marruecos. El balance oficial del desastre de la Comandancia de Melilla (llamado popularmente Desastre de Annual) fue de 22.000 muertos, pero todo el mundo estaba plenamente convencido de que eran el doble.




En España pronto se supieron muchos detalles que no había publicado la prensa. Los periódicos de izquierda empezaron a hablar de exigir responsabilidades. El general Berenguer, alto comisario residente en Tetuán, confesó que todo se había llevado a cabo sin su conocimiento.
En el Congreso de los Diputados, republicanos, socialistas y elementos de la oposición plantearon la cuestión, dando lugar a sesiones movidísimas. Se llegó a acusar veladamente al propio rey. No hubo más remedio que acordar la formación de un expediente el coronel Picasso. Este hombre se trasladó a Melilla con sus auxiliares y empezó en seguida la investigación. A las pocas semanas empezaron a circular rumores de que el expediente contenía tremendas responsabilidades, empezando por el rey, siguiendo por muchos generales, banqueros y políticos. Si el expediente llegaba al Parlamento, la monarquía corría grave peligro.
Y entonces fue cuando surgió el golpe de estado de Primo de Rivera. Ello significaba para Alfonso XIII jugarse la última carta. Se la jugó, y aunque al principio parecía que había ganado la partida, lo cierto es que la perdió.(...)

BUESO, Adolfo (1976): Recuerdos de un cenetista (1909-1931) pàgines197-201

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